pensar
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Educación y arte
El tiempo en la piscina
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- Reflexiones de Alvaro Adib a partir de la lectura de Un destino común, de Lucrecia Martel
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Lucrecia Martel propone una imagen hermosa y clara para pensar nuestra relación con el tiempo y salir de nuestra clásica concepción lineal.
Estamos acostumbrados a entender el tiempo como una línea sobre la que se ordenan acontecimientos que generan efectos en el siguiente punto de la línea. Un personaje tropieza y cae. Se lastima y entonces va al hospital. Allí lo atiende alguien que se equivoca en el procedimiento y lo termina matando. Entonces su hermano viaja en el tiempo para evitar que tropiece. Todo en una línea.
Lucrecia, en su fascinación por el sonido, nos invita a pensar que flotamos en una piscina y que cada uno de nuestros movimientos o gritos sumergidos, cada acontecimiento, mueve el agua en todas direcciones a la vez. La onda expansiva alcanza y mueve todo lo demás que flota en la piscina, modificándolo y generando nuevos movimientos que hacen lo mismo. El aire se comporta igual, pero la imagen de la piscina es demasiado bella para abandonarla.
Si pensamos en viajar en el tiempo en este escenario, no hay línea. Habría saltos a momentos dentro del espacio tridimensional de la piscina. Y esa sola premisa nos impulsa a cambiar toda nuestra forma de contar. O al menos nos invita. Siempre podemos reincidir en trazar líneas para conectar los puntos. Pero confiemos en que no.
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Como educadores y como creadores, corremos el riesgo de sucumbir ante el miedo a lo desconocido. Ese temor que nos lleva a encorsetar toda esa frescura en la forma de entender el tiempo y la vida, dentro de los formatos que conocemos y que creemos que los demás necesitan para “entender”
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Me resulta interesante conectar estas ideas de Martel con el trabajo de creación de historias con niñas y niños.
Todo esto que dice Martel de la desestructuración de la narrativa como posible camino para pensar relaciones diferentes con las cosas y personas, humanas y no humanas, lo hacen naturalmente los niños y niñas. Como educadores y como creadores, corremos el riesgo de sucumbir ante el miedo a lo desconocido. Ese temor que nos lleva a encorsetar toda esa frescura en la forma de entender el tiempo y la vida, dentro de los formatos que conocemos y que creemos que los demás necesitan para “entender” una película o cualquier otra forma de expresión artística. Entonces vemos adultos que llevan lo abstracto al orden del árbol, la nube y el sol. Cada cosa con su color correspondiente.
Uno de los caminos que sigo cuando inicio un nuevo taller audiovisual con niñas y niños, es organizar una ronda en la que les invito a proponer ideas para nuestra próxima película. Entonces el universo comienza a expandirse. Esto no es una metáfora. El universo creativo de ese grupo se expande literalmente en todas direcciones, como le gusta a Lucrecia. Cada uno propone algo que alimenta la idea del siguiente y así, hasta alcanzar proporciones difíciles de manejar. Y las relaciones causa-efecto nunca son lineales. El tiempo en esos relatos se recorre a los saltos. No hay líneas. Se salta del encuentro con una extraterrestre a la charla con una hormiga en un bar. Tampoco hay escalas de tamaño que limiten ninguna relación.
Creo que ya ilustré con claridad lo que sucede con la creación infantil. Ahora quiero adentrarme en lo que sucede conmigo. No porque yo sea parámetro ni ejemplo de nada. Solo porque tengo claro lo que pasa por mi cabeza y no puedo asegurar lo mismo de nadie más. Con más o menos respeto hacia las ideas de mis estudiantes, mi tarea consiste en podar ese arbusto indisciplinado de ideas hasta alcanzar una forma que se pueda reconocer como un árbol. Siempre explico mis recortes y cuáles son las restricciones a las que se enfrentan las ideas que considero siempre geniales. Sin embargo, no dejo de ejecutar ese modelado hasta llegar a algo que puedan entender nuestros potenciales espectadores. No creo que este procedimiento esté mal necesariamente. Y de hecho siempre negocio esos recortes con el grupo en base a explicaciones de cómo funciona o de las posibilidades prácticas de realización de las ideas. Hay ideas geniales puestas en palabras que naufragan si se realizan mal. Y evitar la frustración de niñas y niños es mi forma de entender la tarea.
Sin embargo, creo que es imprescindible revisarnos luego y durante cada proyecto, poniendo atención y tratando de ser conscientes de lo que estamos dejando por el camino, en pos de tener una historia inteligible. Volviendo a la imagen prestada de la jardinería, creo que es diferente depositar los restos de la poda en el canasto de la basura que guardar cada ramita para hacer nuevos esquejes. Creo que esa es mi búsqueda en referencia al tratamiento de las ideas de mis estudiantes. Una búsqueda por no dejar de reconocer en la imaginación infantil, un territorio de renovación para el arte. Creo que no hay mejor espacio para cuestionar las formas establecidas de la narrativa que las formas de crear historias que tienen las niñas y niños.
Si miramos hacia ahí con respeto y tiempo para contemplar lo nuevo, vamos a sorprendernos con profundos cuestionamientos a lo establecido en todas las áreas. Si además de aprender a mirar hacia allí, aceptamos ser atravesados por esas nuevas propuestas, tendremos nuevas historias, pero sobre todo, nuevas formas de contarlas.
Martel nos invita a flotar en su piscina, preocupada por cuestionar lo conocido a través del cine. Necesitamos, dice, nuevas formas de narrar que nos ayuden a evidenciar que nuestra forma de entender el mundo y de movernos en él es un artificio arbitrario. Narrar de formas diferentes puede ayudarnos a entender que vivimos en algo que llamamos realidad que nosotros mismos modelamos y repetimos en cada historia.
Creo que los niños y niñas son conscientes de esa arbitrariedad desde donde formateamos el mundo antes de entender del todo cómo funciona. Y cada gesto creativo de la infancia es una protesta ante esa arbitrariedad que los adultos domesticamos llevándola hacia lo que conocemos.
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Juguemos en la piscina
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Soy profundo admirador de Georges Méliès y su forma de entender y hacer el cine. Con tanto de juego y de absurdo. Pero sobre todo de juego. Creo que Méliès fue un niño que encontró el juguete del cine y se dispuso a experimentar y divertirse con él. Creo que en él suceden muchas de las cosas que plantea Martel, salvando las distancias. Creo que hay una irreverencia enfocada en los juegos visuales, que se preocupa poco por seguir causas y efectos. O al menos causas y efectos justificables.
El cine de Méliès evidencia la mentira, el artificio. Entonces, nos dice que todo es posible y todo lo podemos inventar.
Esa actitud de juego que el cine ha perdido a lo largo de su desarrollo para ganar solemnidad e hiperrealismo, se conserva en la producción audiovisual de niñas y niños.
Si podemos hablar con animales, volar o teletransportarnos a la luna, ¿por qué restringirnos las reglas de la física? Si estamos inventando un mundo ¿por qué no podemos inventar nuevas reglas? No se trata de fomentar el delirio y la fuga de lo real, sino de entender a través del juego simbólico, que la realidad es una construcción consensuada. Y que podemos cuestionar ese consenso.
A medida que crecemos y nos afianzamos en la tarea docente y en la tarea creativa, tendemos a afirmarnos en ideas y prácticas que nos funcionan o funcionaron. Así aparecen metodologías, fórmulas que de alguna manera nos tranquilizan y ayudan a llegar a resultados esperados. No soy quien para criticar esos caminos que yo mismo transito. Pero sí creo que vale la pena preguntarse cómo evitar el regreso a lo establecido. Cómo evitar que la transgresión se transforme en la norma.
Y creo que el juego es el camino. El juego real y honesto. Y en este punto me permito volver al querido Gianni Rodari y su insistente búsqueda del binomio fantástico. Una de sus fórmulas, que a pesar de ser fórmula es absolutamente abierta al cuestionamiento lúdico y lo promueve. Rodari nos invita a someter cada argumento de la realidad a la pregunta inquietante de “qué pasaría si…” y desde ahí comenzar un nuevo juego sobre un nuevo escenario de posibilidades.
Pienso que la pregunta de Rodari tiene el mismo comportamiento que el sonido dentro de la piscina de Martel. La facultad de expandirse en todas direcciones, atravesando y modificando todo a su paso. Haciéndonos pensar en nuevas posibilidades para todas las cosas y los seres que habitamos el mundo.